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viernes, 31 de mayo de 2013

ACUARIO...


El Hombre de Acuario inferior


En el signo fijo de aire el conocimiento creador se repliega como un uroboros sobre sí mismo formando un mundo de su propia creación mental.
No hay más ley que su ley, no hay más mundo que su mundo. Esquemas y esquemas: ordenados, coordinados, superpuestos, yuxtapuestos. Vigas, paredes, pisos y escaleras enmarcados en un edificio que obedece al espacio mental.
Marginal a las leyes físicas como lo es el lenguaje y la música, espacio que “no está en el espacio” (primera definición histórica de Utopía, y su creador, Tomás Moro, fue acuariano.)
En la utopía vive el Hombre de Acuario como el monje (del gr. monakhos: solitario) en su celda. En su mundo todo es coherente, cada elemento vinculado entre sí con lógica implacable, cada elemento en perfecto equilibrio con el todo que hace a su actuar.
Maquinaria mental autosuficiente, auto dependiente y auto existente que se “basta a sí misma”, que ya no necesita de apoyos exteriores, que deviene autárquica.
Su fuerza radica en su soledad, y es amenazada cuando la vida lo fuerce a abandonar la utopía que sostendrá con el mandamiento de la fidelidad a sí mismo y la absoluta falta de compromisos con la vida práctica.
Tres leyes son echadas como semillas al boleo por las fuerzas desconocidas de sus impulsos, luego brotes cuidadosamente cuidados, luego árboles frondosos como el leitmotiv de su conducta que nunca, ni en años, cambiarán sus raíces.
Tres leyes, una cosmovisión, una ciencia, una ética, una lógica, una psicología. Y todas de su propiedad, autoría que deberá ser conservada evitando la exposición de todo tipo, no vaya a ser que manos ajenas conmocionen su mundo utópico. Mejor mantener a los otros suficientemente alejados, mantenerse él mismo lo suficientemente alejado de los otros.
Orgullo derivado de no poder jamás mezclarse con la masa, derivado del miedo a la profanación de su mundo. La conciencia de “un elegido”, la psicología de “un elegido” que incluso hasta su propia condición de único e irrepetible deberá mantener en secreto.
Tendrá, como dicen los psiquiatras, que “disimular” la creencia en su singularidad, y conducirse, en lo posible, como los seres “comunes” del rebaño.
Amable, social, seductor, empático, pero con una repugnancia interior por lo ordinario.
Diferencia el hombre superior del inferior en su relación con el “tú”. Y la búsqueda del camino hacia el prójimo, que, al fin de cuentas, es tan “noble” como él en su condición humana.
Acuario rige las pantorrillas, músculo que no sólo nos permite avanzar, sino también saltar, bailar, abandonar el suelo, desligarse aunque fugazmente de él. Metáfora de la liberación de ataduras pretéritas y heredadas. Y es está metáfora que nos permite diferenciar con claridad el camino del hombre superior y el del hombre inferior de acuario. El segundo está marcado por el hecho de tener que desapegarse continuamente de la tierra; el primero está marcado por la continua “llegada abajo”, luego de estarse “arriba”, de haber gozado de las perspectivas más amplias de las alturas.
El hombre inferior de acuario vive en un continuo estado de guerra contra un mundo lleno de enemigos, a veces delineado en claros personajes de su vida, a veces no tanto. Buena parte de su energía vital será consumida en mantener a sus enemigos lo suficientemente apartados de sí, sin nunca enfrentarlos directamente, y concluyendo en el retiro y la soledad ascética. En su espectro psicológico aparecerá el “excéntrico, el “cínico” y el “misántropo” aislado. Diferentes sufrimientos causados por un único error: creer que la parte desprendida del todo pudiera alguna vez llegar a constituir un todo por sí misma.
La necesidad de tener que salir de su exclusividad se da en la medida que le permita reconocer cuánto mejor, cuánto más perfecta y armónicamente se está en su celda utópica, donde halla, sin rozamientos ni luchas, las correspondencias mentales, o los equivalentes inconfesados de todos los valores. Y de paso evitar esas caricaturas que tanto le chocan “allá afuera”, a él, el “noble”.
Desligado de sus enemigos, también de sus amigos mediante encuentros fugaces y sin profundidad, en una peculiar sociabilidad que aunque parezca contradecir su desinterés por el otro más bien es su estrategia de “distanciamiento”.
En forma secreta, en silencio, recibirá a la sala del trono de su mundo mental a todos y a cada uno de sus amigos y enemigos, los pensará a todos como una indestructible red de almas que se conjugan, y que comparten algo más que la suma de individuos. Todos y cada uno de ellos, vueltos a crear pero en su mente, bajo la condicionalidad de su espacio, sus leyes, sus valores.
Sólo la complejidad de su orgullo puede permitirle vivir en desacuerdo con todo, y mantener un desprecio de alta alcurnia que evite confrontar con los más “lerdos”, que difícilmente pueden ajustarse a su visión del mundo, de “su mundo”.
El Hombre de Acuario superior no conoce la protesta contra la Tierra y conoce, en cambio, el arte de desligarse de ella, para luego caer nuevamente a la Tierra, brindar a ésta lo que él ha visto “más arriba”, con un espíritu humilde que desconoce el acuariano inferior.
Así como se desliga de la tierra también lo hace de las alturas de su pensamiento, que no considera de su autoría como sí lo hace el noble hombre de acuario inferior. Considera, más bien, al pensamiento como propiedad de la humanidad, pues él es uno más con sus hermanos, y su función es tan importante como la de cualquier otro y más específica en lo atinente a poder “bajar ideas” a la Tierra.
Un mendigo no puede hacerse pasar por rey, salvo aislado dentro de la psicosis auto generada del acuariano inferior. Pero un verdadero Rey sí puede hacerse pasar por mendigo, y hacer el trabajo de un mendigo, porque él se ha liberado espiritualmente de toda moral espiritual, de toda jerarquía espiritual, él es uno con su ser Rey y con su ser mendigo, porque él es uno con el ser humano considerado como un gran grupo de seres desperdigados sobre la tierra, hermanados espiritualmente.
El hombre de acuario inferior no se animará a mostrar las grandezas de sus ideas, o por lo menos sus bases, antes de retirarse con altivez y en silencio. El hombre superior, lejos de hacer esto, se expondrá una y otra vez a sí mismo porque se expone a sus hermanos, y porque sabe y conoce la conexión con todos sus semejantes. Y velará por sus semejantes insistiendo en que todos puedan recordar la nobleza que tienen por el sólo hecho de ser seres humanos, pero que han olvidado con tantas bazofias de culturas apelmazadas sobre nuestros hombros.