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martes, 8 de enero de 2013

COPERNICO...


 Nació Copérnico en Thorn, Polonia (1.475-1.543), estudió matemáticas, filosofía y medicina en Cracovia junto a Jean de Glogau y Albert Brudzewski, conocidos astrónomos y astrólogos. Nicolás Copérnico asistía a los cursos de Girolamo Fracastoro.
En 1.496, siguió sus estudios en Italia y obtuvo el doctorado de derecho canónico en la universidad de Ferrara. 
Tenía predilección por la astronomía y su profesor, Doménico María da Novara, le animó para hacerlo.
Durante más de catorce siglos, el sistema geocéntrico, que indicaba que la Tierra era el centro del universo, fue defendido por la ciencia y nadie se atrevió a poner en duda esta teoría avalada por las apariencias, Aristóteles y la Iglesia. Cierto es que algunos sabios griegos aseguraban en sus hipótesis que la Tierra giraba alrededor de su eje y que se trasladaba sobre un plano inclinado alrededor del Sol, pero esta hipótesis no tuvo aceptación alguna.
La astronomía antigua disponía de dos teorías planetarias: la teoría de Eudoxo, que proponía que los planetas estaban fijados a esferas homocéntricas, y la teoría sostenida por Hiparco y Ptolomeo, que utilizaba círculos diferentes y epiciclos para explicar el movimiento irregular de los planetas. 
El vienés Peurbach, (1.475-1.461), buscó conciliar las dos teorías dando a las órbitas tal espesor que el planeta encontraba lugar con sus epiciclos. Girolamo Fracastoro, médico y astrónomo que enseñaba en Padua, intentaba explicar las irregularidades de los movimientos planetarios usando hasta 79 esferas.
Copérnico se inspiró en las ideas de Platón y pensó que el Creador había concebido un sistema simple y armonioso cuyos elementos formaban un TODO en lugar de un sistema artificial cuyas partes se estorbaban unas a otras. Observando las apariciones y desapariciones de Mercurio y Venus quedó fortalecida mucho esta opinión. Numerosos pensadores ya imaginaron que estos dos planetas tenán como centro el Sol.
En Frauenbur, donde Copérnico era canónico de la catedral desde 1.510, nació su sistema heliocéntrico, fruto de treinta años de observaciones y de reflexiones. En su capítulo X De las revoluciones de las órbitas celestes, establecía una relación entre su sistema y algunos conceptos astrológicos, citando para ello a Hermes Trismegisto. Se puede ver que el simbolismo del Sol, soberano, rey, león, corazón y espíritu, el pensamiento de una dirección central, le era familiar.
Copérnico atribuía tres movimientos a la Tierra: uno alrededor de su eje, uno alrededor del Sol y un movimiento oscilatorio del eje terrestre alrededor del polo eclíptico al que todavía se añadían dos movimientos secundarios. 
Con todo esto, Copérnico esperaba haber explicado suficientemente la revolución diurna del fimamento, el movimiento de los planetas, incluida la Tierra, y el movimiento de la precesión de los equinoccios. En el nuevo sistema, cambiaban pocas cosas: se conservaba la antigua estructura, solamente el Sol y la Tierra cambiaban de lugar y en vez de 79 esferas, con 34 círculos explicaba toda la estructura del universo.
Este resultado, redactado durante los años 1.510 a 1.514 y conocido por numerosos matemáticos, fue recibido con un silencio glacial por la extraña idea de que la Tierra pudiera girar. Lleno de amargura, Copérnico se retiró a su torre de Frauenburg decidido a no publicar nada más. 
El astrólogo Georg Joachim von Lauchen, llamado Rheticus, estudió la doctrina copernicana. Copérnico, amargado, aceptó gustosamente que su teoría se propagara de boca en boca y confió a Rheticus su manuscrito, quien lo volvió a copiar, lo preparó para su impresión, obtuvo del rey de Sajonia y de Polonia la autorización para imprimirlo y reunió los fondos necesarios para pagar al impresor.
El 25 de mayo de 1.543, día de su muerte, Copérnico recibió el primer ejemplar de la obra, De revolutionibus orbium coelestium, en su lecho de muerte. Había dedicado su obra al papa Pablo III. En él, presentaba el sistema de Copérnico como una hipótesis. Si no era creíble en su totalidad, sí era válida para los cálculos, mientras que Copérnico estaba convencido de la realidad de la rotación de la Tierra al igual que lo estaba de la verdad de la Astrología. 
Evidentemente, su posición como canónico cómodamente instalado le evitaba estar obligado, como Galileo o Kepler, a hacer horóscopos para mejorar sus ingresos. 
Pero si no hubiera estado nunca atraído por la Astrología, jamás hubiera confiado su manuscrito a su discípulo Rheticus de quien conocía su interés por la Astrología ni tampoco hubiera aceptado las obras astrológicas que Rheticus le dedicaba. 
El sistema de Copérnico fue rechazado con indignación tanto por los católicos como por los protestantes fieles a la Biblia.
El nuevo sistema fue aceptado lentamente y con reticencia en medios científicos, siendo pioneros los astrólogos. 
Sin embargo, Tycho Brahe, no encontró esta teoría satisfactoria.